Cuando Ayla tenía que ingresar a sala y someterse a anestesia total, quizás el mayor suplicio para ella era el ayuno desde el día anterior. Siendo así y considerando que no soy muy ducho en las artes de las promesas opté por dedicar toda mi devoción a ella misma y de este modo le prometí someterme al ayuno en igualdad de condiciones cada vez que ella tuviera que hacerlo.
Esos días eran un calvario porque ya desde la madrugada previa a la curación, tanto su aparato digestivo como el mío se debatían en singular tronadera. La mañana era un martirio porque los desayunos pasaban de aquí para allá, sin derechos más que a oler. Entonces, para que la espera no se le hiciera eterna inventábamos desayunos imaginarios consistentes en gallo pinto con huevo frito, acompañado de embutidos, lácteos, una tajadita de aguacate, unas salchichitas por aquí, un pollito por allá ... en fin, a lo que estamos acostumbrados todas las mañanas.
Y lo peor era mi espera, no ella que en el acto dormía bajo los efectos de la anestesia y el tiempo se detenía...en cambio yo, tenía que soportar pacientemente el paso del tiempo y las horas de almuerzo se convertían en un preámbulo de purgatorio. Yo me paseaba impaciente por los pasillos, a sabiendas de que esa espera iba para largo mientras que por las ventanas de las oficinas se fugaban olores no tradicionales, porque seguramente los médicos no se conforman con almuerzos al estilo de uno, es decir: Chovi, Tista, Chino sino que mis receptores sensoriales localizados en mis cavidades nasales, sufrían el embate de delirios extremos provocados por las esencias emanadas de chuletas ahumadas, lomitos al ajillo, puntas de anca cubiertas con cremas de hongos en su punto, mezcolanzas importadas de los arrecifes mediterráneos, suculentas ensaladas de frescos vegetales naufragando en un embarrijo de exquisitas salsas preparadas con exóticos principios activos de oriente...en fin...
Luego, cuando ella salía de sala, algunas veces coincidiendo con el asomo de la luna y las estrellas en el cielo, ambos pedíamos a gritos aunque fuera una migaja de pan y entonces sucedía el milagro. La enfermera aparecía con el servicio de desayuno-almuerzo-cena, que para nosotros debería ser acumulativo; no obstante, todo concentrado en una tacita con sustancia de pollo ¿y el pollo?. Ayla y yo nos mirábamos al tiempo que ella se consumía en la bendita sustancia ... ¿y mi tacita?. Ese día me quedó claro quién era la paciente y para quién era la comidita.
Ante tal verdad opté por implementar tácticas modernas de supervivencia. Para los días siguientes me puse vivo, si no lo hacía mi hija me iba a dejar morir de hambre. Aún así, surgió otro detalle en mi contra, eché un vistazo y noté que efectivamente la porción de comida era exclusivamente para el paciente y así lo entendían y acataban todas las madres presentes (aparte de todo, solo yo estaba de padre, siempre solo), por lo que me pareció no conveniente abalanzarme sobre el plato de comida de mi niña.
Cuando daban puré por ejemplo, para sostener la discrecionalidad de la situación y nadie se enterara de mi ímpetu, pasaba el dedo por el puré, lo embarraba en la pared a la altura de mi boca, luego apoyaba la cabeza en la pared y a como podía, estiraba la lengua hasta alcanzar el bendito puré. Ayla no entendía bien la situación por lo que se desgajaba a reír; sin embargo, eso me permitió sobrevivir. Un día me excedí en esta gracia y cuando me percaté entendí que había dejado a mi hija sin su ración de alimentos y no me quedó más que escuchar toda la noche la “tronadera” de su pancita.
Sin embargo, un día fue diferente. Tenía curación ambulatoria, es decir, íbamos, la curaban, comía y nos íbamos para la casa. Igualmente, desde el día anterior ambos estábamos con prohibición de alimentos: ella por la curación y yo por el pacto que teníamos. Cuando todo concluyó, nos sirv... le sirvieron una exquisita pechuga de pollo que nos multiplicó el hambre por lo exquisita que lucía. Alrededor, las madres atendían amorosamente a sus hijos enfermos y a un lado las enfermeras debatían entre si operar o no a no sé quien (yo pensaba que eso lo decidían los médicos, pero seguro en ese instante estaban en junta médica).
Dado que no podía pegar un pedazo de pollo a la pared para luego restregarme en ella, no me quedó más que discretamente coger la pechuga y zamparle un semerendo mordisco y ... sucedió lo inesperado... en el silencio de la sala, solo se dejó escuchar el grito de Ayla:
- NO SE COMA MI COMIDITA!!!!!
Todo lo demás fue un torbellino de miradas interrogantes de madres, niños, enfermeras, doctores(no que estaban en junta médica?), conserjes, bomberos, cruzrojistas, cocineras, jóvenes voluntarios, Club Rotario de no sé donde, señoras de la caridad y cualquier otra representación física del homo sapiens en todo el esplendor de su evolución.
Lentamente puse la pechuga en su platito y Ayla volvió a su cotidiano despedazando la pechuga e ingiriéndola.
Ese día, en ese instante acabó el pacto. Entendí que la historia de ambos tendría un antes y un después de la pechuga. Habíamos perdido la inocencia sutil de nuestros años mozos y de paso ella había entendido que toda la esencia de la vida se resume en supervivencia. Entendió que tiene derechos y medios para alcanzarlos y yo entendí que mi niña no era mía, era hija de la vida como tantas veces lo había leído de Gibrán.
Firmé la orden de salida, la cargué y nos marchamos sin decir nada a nadie en un eterno desfile que duró desde la camita de ella hasta el parqueo.
Ya en el carro nos fuimos a casa. No dijimos nada, ya no había pacto aunque el hambre en mi interior persistía. No pude evitar pasar a la Candelaria (200 este de detrás de Hipermás en Heredia *Se recomienda) y acabar con el ansiado lomito jalapeño. Una mirada suya me bastó para entender que la pechuga no había sido suficiente, pero había un asunto pendiente, un ajuste de cuentas, así que le pasé una rajita de jalapeño.
- ESTA CHILANTE!!
Sí mi amor, aquí toda la comida está picante, así que espérese a llegar a casa.