Crónicas de Sofilandia

sábado, diciembre 23, 2006

Se aguó la fiesta

Habíamos esperado con ansias el cumpleaños No. 4 de Ayla porque ... porque siempre esperamos con ansias los cumpleaños de ellas.

Nuevamente estrellita haría de protagonista con la salvedad de que en esta ocasión decidimos hacer la fiesta en un lote baldío cerca de la casa, aprovechando los claros del verano que se avecina.

Llegó bastante gente hasta que una nube negra apareció en el cielo y en fracción de segundos explotó dejándonos empapados. La gente corría por todo lado sin saber adónde ir y terminamos acurrucados en la terraza de la casa. Allí continuó la fiesta hasta su fin y a las 8 p.m. cuando los últimos invitados se marchaban Ayla dijo:

- Qué lindo, yo no quiero que este día termine, yo no quiero que la gente se vaya.

Y justo en ese instante pensé en todo lo acontecido. Fue un día estupendo y lejos de ser un fiasco el aguacero vino a significar un detalle muy especial que rompió con el esquema al que estamos acostumbrados. Ahora recuerdo la gente corriendo, los niños mojándose, los ríos de agua bajando por la calle, la incertidumbre de no saber qué hacer y la certeza de haber hecho lo correcto cuando ya todo pasó.

Una vez más un año termina, con la etiqueta de haber sido un estupendo año.

Se aguó la fiesta

Habíamos esperado con ansias el cumpleaños No. 4 de Ayla porque ... porque siempre esperamos con ansias los cumpleaños de ellas.

Nuevamente estrellita haría de protagonista con la salvedad de que en esta ocasión decidimos hacer la fiesta en un lote baldío cerca de la casa, aprovechando los claros del verano que se avecina.

Llegó bastante gente hasta que una nube negra apareció en el cielo y en fracción de segundos explotó dejándonos empapados. La gente corría por todo lado sin saber adónde ir y terminamos acurrucados en la terraza de la casa. Allí continuó la fiesta hasta su fin y a las 8 p.m. cuando los últimos invitados se marchaban Ayla dijo:

- Qué lindo, yo no quiero que este día termine, yo no quiero que la gente se vaya.

Y justo en ese instante pensé en todo lo acontecido. Fue un día estupendo y lejos de ser un fiasco el aguacero vino a significar un detalle muy especial que rompió con el esquema al que estamos acostumbrados. Ahora recuerdo la gente corriendo, los niños mojándose, los ríos de agua bajando por la calle, la incertidumbre de no saber qué hacer y la certeza de haber hecho lo correcto cuando ya todo pasó.

Una vez más un año termina, con la etiqueta de haber sido un estupendo año.

miércoles, septiembre 20, 2006

Aquel día

Sofía reclama a Ayla de porqué no es sensible y de porqué no llora al escuchar la melodía triste de una canción. Ayla entonces se ríe de ella y finge llorar para luego romper en carcajadas.

Son diferentes y no puedo precisar si es un asunto meramente genético o tiene que ver con sus vivencias individuales.

Hoy hace un año de aquel día y aprovechamos para conversar un poco de ello. Ayla lo recuerda con lujo de detalles pero lo hace con humor, con distinción. Sofía es más recatada, se guarda para sí un algo que no ha logrado eyectar y por esa razón su mirada se pierde en una sombra sutil de tristeza.

Las heridas han cicatrizado; no obstante son cicatrices evidentes que no han logrado desaparecer.

sábado, marzo 04, 2006

Aquellos inolvidables días de escuela

Yo era muy feliz, yo vivía muy bien. Cómo no ser de ese modo si tenía a mi alcance un caudaloso río que en invierno se desbordaba hasta casi mojar la cama y un potrero lleno de vacas que se perdía en el horizonte.Yo tenía una amiguita, cuya presencia se le recuerda durante toda la vida,Miriam. Una mañana la vi salir de la casa toda vestidita de escolar, rumbo a su primer día de clases. La extrañé a las 8 de la mañana y a las diez y la extrañé al almuerzo cuando casi por costumbre su madre o la mía nos servían el caldo de frijol con huevo duro. Y la extrañé durante la tarde.
Es probable que la amalgama entre su lugar de residencia más el lugar de ubicación de la escuela no diera buenos resultados porque a los pocos días ella se marchó definitivamente. Entonces la extrañé más fuerte por culpa de la escuela. Y la extrañé hasta que llegó la nueva vecinita, Nena. Al año siguiente a Nena le pasó lo mismo que a mí, por culpa de la escuela me vio partir, definitivamente, de los campos a la ciudad. Mi primer día de clases fue un tormento porque nunca en la vida había visto tanta gente junta. No me aparté de mamá porque no entendía lo que sucedía, nadie me explicó de que se trataba todo aquello y mi amargura fue absoluta cuando mamá me dejó solo. Corrí, me aferré fervientemente a su falda y lloré todo un río pero nada de eso sirvió porque la puerta del salón se cerró conmigo adentro y ella afuera.Un par de reglazos en la espalda me hicieron entender que la maestra mandaba, no yo con mis berrinches.
Estuve pensando y sufriendo por ese primer día de clases de Sofía. De previo le expliqué porqué iba a tener que quedarse solita en clases y todo el raudal de conocimiento que iba a adquirir pero ella continuaba ensimismada, observando maliciosamente cómo la mosca era presa del destructor rayo del sol que atravesaba la lupa. Así nos fuimos para la escuelita. Mi nudo en la garganta me aislaba del clapson de los autos y las canciones en la radio, mientras ideaba la forma de enfrentar el desplome de mi alma cuando la viera llorar al alejarme de ella. Probablemente yo no iba a soportar semejante impresión, violentaría las puertas del aula y optaría por quedarme en un rinconcito, con tal de que ella no sufriera semejante dolor.
Al llegar al lugar, le oprimí fuerte la manita y la ayudé a bajar del carro, luego, le di la espalda mientras ideaba la forma de explicarle que yo me iría y ella se quedaría. Allí estaba la maestra recibiendo niños y creí ver una regla imaginaria en sus manos, como sentencia cruel de su metódica forma disciplinaria. A continuación me decidí por enfrentar de una vez por todas el momento crucial. Pensé por un instante en varias alternativas:

- Mi amor, quédate acá, ya casi vengo, voy al baño
- Mi amor, esperáme un toque, voy por unos confites
- Cariño, ve con esos niños mientras yo voy a traer una payasita para jugar
- Corazoncito, papito va a ir a la casa un momento a traerte todos los juguetitos que tenés tirados por todo lado.

Entonces, con una fuerza de voluntad descomunal, decidí decirle a mi bambina que yo tenía que marcharme mientras ella iba a permanecer en la escuelita, le daría un beso fuerte y luego, fríamente desprendería sus manitas de mi cuello y las despegaría incondicionalmente por más aferradas que estuvieran. Lo haría de esa forma, sin importar todas las lágrimas que viera florecer de sus ojos como agua que cae del cielo.

Al volverme...ya no estaba...la guila había jalado hace rato para el aula.

sábado, diciembre 31, 2005

Cierre con broche de oro


El 20 de diciembre no nos complicamos la existencia. Para ese día Ayla tenía cita en el Hospital de Niños pero a base de mil malabares hicimos que la cita se adelantara para no mezclar alegrías con desazones. Por la mañana fuimos a la montaña, compramos tulipanes de mil colores y así forramos la casa. Esperábamos a bastantes personas así que colocamos unas mesas en el jardín, las cuales fueron divididas en cuatro grupitos:

- el grupo de compañeros y amigos de Xe
- el grupo de nuestros vecinos
- el grupo de mis compañeros y amigos
- y un grupo de otros, donde irían los demás

Aparte de eso había un grupo muy especial para el cual no habían mesas. Eran los niños, esos amiguitos y compañeritos de Ayla y Sofía que habían sido invitados al cumpleaños por lo que eran la razón de ser de todo el embrollo.

Los niños se acomodaron en la terraza y fue Estrellita la payasita quien se encargó de ellos aunque en más de una ocasión los adultos, quienes nos sentíamos inmunes de las ocurrencias de Estrellita, salimos trasquilados.

Para el grupo de compas de mi esposa hubo que adicionar otra mesa, el grupo de vecinos salió tablas y el grupo de otros se hizo toda una mezcolanza que no habíamos calculado. No faltó quien reclamara la disposición de haberlo declarado en "otros". El grupo de mis compas...pues fue una situación muy particular porque en medio de tanto tumulto se veía extraña esa mesa vacía aunque yo la defendí a capa y espada amparado en un concepto que ustedes me han tratado de inculcar y que ya casi lograban: FE Bueno, quedó claro que a veces, casi siempre lo de la FE no funciona. Luego llegó Laura con sus niñas y optópor dejar la mesa vacía y permanecer en la terraza con los niños.

Ayla era feliz y se lo merecía después de un inesperado año. Y allí estaban con nosotros personas amigas.

Al fin terminó la fiesta y la mesa de mis compas permaneció inmaculada, debajo del arbolito de limón donde habita el colibrí, que de paso estaba alterado por el bullicio inusual que amenazaba su cría.

Los chopos amarillos seguían floreciendo al frente de la casa y las chifleras seguían amenazando con extenderse hasta alcanzar la pared. El papayo siempre gigante declinaba su sombra víctima del asombroso poder de las sombras de la noche.


Ahora todo ha vuelto a la calma aunque el colibrí todavía se torna frenético cuando uno se asoma al jardín y en la refri aún está la botella de champagne de aquella mesa, la única que no se consumió. Hemos hecho un alto, el primero desde el 20 de setiembre y las niñas también se detienen tarareando nuevas canciones infantiles que aprendieron en el Montesori. Un año acaba, podríamos añorar esos tiempos, aquellos recuerdos y hasta sentir nostalgia por lo que queda atrás pero nos resulta más emocionante el impredecible porvenir y formular hipótesis sobre la vida de las niñas. Ambas son diferentes, opuestas: Sofía, llena de encanto, de ternura, vulnerable como el tulipán que ha dejado sus últimos pétalos al viento. Ayla, llena de fortaleza, de energía, de carácter, sólida como un diamante formado en las entrañas de la tierra.

Ha sido un estupendo año, que nos ha dejado marcas en el alma y en la piel. Las de la piel se las siento a Ayla cuando surco la extensión de su espalda con la yema de mis dedos y se extremece como una alerta que disparan sus sentidos . Las del alma se las siento a Sofía cuando la descubro en la penumbra triste y gris de su habitación con una lagrimita que se extiende desde sus ojos hasta los confines del universo.

Y en todo este año nos divertimos bastante, qué bueno que lo hicimos, no nos perdimos de nada, ni siquiera del aguacero aquel, cuando decidimos recibirlo plenamente hasta dejarnos empapados sin que nos lo impidieran remotas consecuencias. Sí, sí, fuimos descabellados y ansiosos pero sobre todo oportunos con las puestas de sol y el rugir de los cipreses que abundan cerca de la casa y nos subimos todos al techo cuando descubrimos que desde allí, las papayas eran alcanzables y no infinitas como las estrellas.

De repente...no nos habíamos percatado de ello, es extraño pero hasta en la sala de hospital terminamos por divertirnos e hicimos nuevos amigos y vivimos nuevas realidades. Ayla aprendió a cerrar los puños con fuerza, fruncir el ceño y aceptar lo que era doloroso pero necesario para ella.

Ayer tuvimos cita nuevamente. Ayla conoce el Paseo Colón porque muchos días atrás, al entrar en él, el pánico parecía dominarla. Ayer, como desde hace pocos días para acá, fue diferente. Al pasar frente al hospital gritó llena de alegría:

- Mire Sofi, mi hospi, mi hospi

Y luego se nos adelantó en frenética carrera hasta encontrarse con las doctoras (Dra. Campos, Dra. Achío y Dra. Alonso GRACIAS!!) y abrazarse a ellas.

- Aylita, qué gusto verte... y dime qué te trajo el niñito?
- Una compu de Barney
- Una compu?
- Sí pero está mala.
- Y eso porqué?
- Porque no tiene "maus"ni internet.

martes, diciembre 20, 2005

Me contaron que preguntaste por mí


Me contaron que preguntaste por mí
y te asustaste por lo que me había pasado.
Pero hagamos como si recién me conocieras
y como si hoy solo fuera el día de mi cumpleaños
para reir
para rodar sin miedos por el suelo
y jugar hasta el cansancio.
Como si no hubiera existido aquel día
y yo no tuviera cicatrices frescas
en el pecho y la espalda.
Hagamos como si todos los mensajes que me han llegado
fueran solo saludos e invitaciones al sol,
como si esto no hubiera sido escrito,
ni sentido.
Hagamos como si esa noche
el viento no hubiera causado estragos
en el alma de mis padres y mi hermana
y como si la tristeza
no fuera un monstruo de agujas
sentado al pie de mi cama
que se iría al verte llegar
y como si hoy solo fuera el día de mi cumpleaños
para reir
para rodar sin miedos por el suelo
y jugar hasta el cansancio.

Ayla.

domingo, diciembre 18, 2005

Tácticas de supervivencia

Cuando Ayla tenía que ingresar a sala y someterse a anestesia total, quizás el mayor suplicio para ella era el ayuno desde el día anterior. Siendo así y considerando que no soy muy ducho en las artes de las promesas opté por dedicar toda mi devoción a ella misma y de este modo le prometí someterme al ayuno en igualdad de condiciones cada vez que ella tuviera que hacerlo.

Esos días eran un calvario porque ya desde la madrugada previa a la curación, tanto su aparato digestivo como el mío se debatían en singular tronadera. La mañana era un martirio porque los desayunos pasaban de aquí para allá, sin derechos más que a oler. Entonces, para que la espera no se le hiciera eterna inventábamos desayunos imaginarios consistentes en gallo pinto con huevo frito, acompañado de embutidos, lácteos, una tajadita de aguacate, unas salchichitas por aquí, un pollito por allá ... en fin, a lo que estamos acostumbrados todas las mañanas.

Y lo peor era mi espera, no ella que en el acto dormía bajo los efectos de la anestesia y el tiempo se detenía...en cambio yo, tenía que soportar pacientemente el paso del tiempo y las horas de almuerzo se convertían en un preámbulo de purgatorio. Yo me paseaba impaciente por los pasillos, a sabiendas de que esa espera iba para largo mientras que por las ventanas de las oficinas se fugaban olores no tradicionales, porque seguramente los médicos no se conforman con almuerzos al estilo de uno, es decir: Chovi, Tista, Chino sino que mis receptores sensoriales localizados en mis cavidades nasales, sufrían el embate de delirios extremos provocados por las esencias emanadas de chuletas ahumadas, lomitos al ajillo, puntas de anca cubiertas con cremas de hongos en su punto, mezcolanzas importadas de los arrecifes mediterráneos, suculentas ensaladas de frescos vegetales naufragando en un embarrijo de exquisitas salsas preparadas con exóticos principios activos de oriente...en fin...

Luego, cuando ella salía de sala, algunas veces coincidiendo con el asomo de la luna y las estrellas en el cielo, ambos pedíamos a gritos aunque fuera una migaja de pan y entonces sucedía el milagro. La enfermera aparecía con el servicio de desayuno-almuerzo-cena, que para nosotros debería ser acumulativo; no obstante, todo concentrado en una tacita con sustancia de pollo ¿y el pollo?. Ayla y yo nos mirábamos al tiempo que ella se consumía en la bendita sustancia ... ¿y mi tacita?. Ese día me quedó claro quién era la paciente y para quién era la comidita.

Ante tal verdad opté por implementar tácticas modernas de supervivencia. Para los días siguientes me puse vivo, si no lo hacía mi hija me iba a dejar morir de hambre. Aún así, surgió otro detalle en mi contra, eché un vistazo y noté que efectivamente la porción de comida era exclusivamente para el paciente y así lo entendían y acataban todas las madres presentes (aparte de todo, solo yo estaba de padre, siempre solo), por lo que me pareció no conveniente abalanzarme sobre el plato de comida de mi niña.

Cuando daban puré por ejemplo, para sostener la discrecionalidad de la situación y nadie se enterara de mi ímpetu, pasaba el dedo por el puré, lo embarraba en la pared a la altura de mi boca, luego apoyaba la cabeza en la pared y a como podía, estiraba la lengua hasta alcanzar el bendito puré. Ayla no entendía bien la situación por lo que se desgajaba a reír; sin embargo, eso me permitió sobrevivir. Un día me excedí en esta gracia y cuando me percaté entendí que había dejado a mi hija sin su ración de alimentos y no me quedó más que escuchar toda la noche la “tronadera” de su pancita.

Sin embargo, un día fue diferente. Tenía curación ambulatoria, es decir, íbamos, la curaban, comía y nos íbamos para la casa. Igualmente, desde el día anterior ambos estábamos con prohibición de alimentos: ella por la curación y yo por el pacto que teníamos. Cuando todo concluyó, nos sirv... le sirvieron una exquisita pechuga de pollo que nos multiplicó el hambre por lo exquisita que lucía. Alrededor, las madres atendían amorosamente a sus hijos enfermos y a un lado las enfermeras debatían entre si operar o no a no sé quien (yo pensaba que eso lo decidían los médicos, pero seguro en ese instante estaban en junta médica).

Dado que no podía pegar un pedazo de pollo a la pared para luego restregarme en ella, no me quedó más que discretamente coger la pechuga y zamparle un semerendo mordisco y ... sucedió lo inesperado... en el silencio de la sala, solo se dejó escuchar el grito de Ayla:

- NO SE COMA MI COMIDITA!!!!!

Todo lo demás fue un torbellino de miradas interrogantes de madres, niños, enfermeras, doctores(no que estaban en junta médica?), conserjes, bomberos, cruzrojistas, cocineras, jóvenes voluntarios, Club Rotario de no sé donde, señoras de la caridad y cualquier otra representación física del homo sapiens en todo el esplendor de su evolución.

Lentamente puse la pechuga en su platito y Ayla volvió a su cotidiano despedazando la pechuga e ingiriéndola.

Ese día, en ese instante acabó el pacto. Entendí que la historia de ambos tendría un antes y un después de la pechuga. Habíamos perdido la inocencia sutil de nuestros años mozos y de paso ella había entendido que toda la esencia de la vida se resume en supervivencia. Entendió que tiene derechos y medios para alcanzarlos y yo entendí que mi niña no era mía, era hija de la vida como tantas veces lo había leído de Gibrán.

Firmé la orden de salida, la cargué y nos marchamos sin decir nada a nadie en un eterno desfile que duró desde la camita de ella hasta el parqueo.

Ya en el carro nos fuimos a casa. No dijimos nada, ya no había pacto aunque el hambre en mi interior persistía. No pude evitar pasar a la Candelaria (200 este de detrás de Hipermás en Heredia *Se recomienda) y acabar con el ansiado lomito jalapeño. Una mirada suya me bastó para entender que la pechuga no había sido suficiente, pero había un asunto pendiente, un ajuste de cuentas, así que le pasé una rajita de jalapeño.

- ESTA CHILANTE!!

Sí mi amor, aquí toda la comida está picante, así que espérese a llegar a casa.

jueves, noviembre 24, 2005

Recuerdos de tiempo atrás


Hoy no sé porqué me acordé de ese momento. Quizás solo fue el ronroneante viento de vísperas de diciembre con ese colorido sol en el poniento, quizás fue solo eso lo que me transportó tiempo atrás....

Esa tarde estábamos ella y yo en el corredor de la casa de sus padres, es decir que hacia el sur, a escasos 20 metros estaba el impresionante precipicio que se dejaba cobijar por una estupenda vista del golfo de Nicoya, con todo y la Isla de Chira incluida. Como ya era costumbre, se
asomaron sus hermanos y su padre con las guitarras de siempre y comenzaron a rasgarlas. Esto hizo que poco a poco se fueran asomando otras mujeres y niños, delantales y juguetes de por medio, respirando la emoción que ya se percibía.

Después de un rato de buena cantata, al unísono pidieron que ella cantara y ella accedió gustosa. Y comenzó así:

"Déjame que te cuente moreno
déjame que te diga la gloria
del ensueño que evoca la memoria
del viejo puente del río y la alameda"

No sé cómo podría explicarles el sentimiento y la gracia que escapaba de ella en sus gestos, en sus manos y en sus muecas, toda vez que cerraba los puños y se contorneaba con los ojos cerrados. Y luego seguía:

"Déjame que te cuente moreno
ahora que aún perfuma el recuerdo
ahora que aún se mece en un sueño
del viejo puente del río y la alameda"

Jazmines en el pelo y rosas en la cara
airosa caminaba la flor de la canela
derramaba lisura y a su paso dejaba
aromas de mixtura que en el pecho llevaba.

Me encantaba escucharla cuando cantaba La Llorona, Yo soy Rebelde, Corazón de poeta, Un amigo cómo tú y otras que componían su repertorio, solo que esta vez era diferente. Plagaba el ambiente de un sentimiento especial y yo trataba de tararear al compás de ella:

"Del puente a la alameda menudo pie la lleva
por la vereda que se estremece a ritmo de sus caderas
recogía la risa de la brisa del río
y al viento la lanzaba del puente a la alameda

Déjame que te cuente moreno
ay deja que engalane moreno mi pensamiento
a ver si así despiertas del sueño
del sueño que entretiene moreno tus sentimientos.

Aspiras de la lisura que da la flor de canela
adornada con jazmines matizando su hermosura
alfombras de nuevo el puente y engalanas la alameda
que el río acompasará tus pasos por la vereda.

Terminó de cantar. Todo el mundo quedó un segundo en silencio y luego aplaudimos. Ella se sonrojó y se le iluminó el rostro, con ese brillo en sus ojos verdes que como magia le fueron heredados a Sofía, pero todavía Sofía no existía.

Ya a solas le dije que me encantaba esa canción, que tenía una letra preciosa, que de dónde la había sacado. Fue entonces que me contó de un antiguo novio que llegó unas pocas veces a su casa y que a todos se ganó con la guitarra y que para el final siempre se guardaba "La Flor de la Canela" y se la cantaba con toda el alma, se la dedicaba con toda el alma.

A menudo las chiquillas (Sofía y Ayla) corretean por la casa y aprovechamos para escaparnos a la terraza. Si acaso ya ha aparecido la primera estrella en el firmamento se me estremece el pecho y le pido que me cante "La flor de la Canela", y lo hace y me la canta con toda el alma y yo siento que me la dedica con toda el alma. Entonces las chiquillas aparecen y quedan encantadas, hacen silencio y escuchan a su madre. Luego, con el paso de los días, como no soy ni poeta ni cantor, me conformo con tararear acordes perdidos de la canción.